Para siempre.
El reloj inmóvil en la pared sobre el sofa la informaba de manera metódica y desganada de que había casi llegado la hora de volver a casa. Llevaba diez meses despertándose a las siete y media de mañanas grises, monótonas y somnolientas: se metía con dificultad entre la gente callada y cansada que llenaba el bus, se sentaba en la silla del fondo y observaba con aire ausente el perseguirse de casas y edificios a lo largo de la carretera.
Sus pensamientos se perdían entre esa mezcla de silencios e incertidumbres, su mente vagaba en las altas nubes y volvía dolorosamente a la realidad cotidiana en cuanto el conductor anunciaba el nombre de su parada.
No sabía por qué había aceptado ese trabajo, ella que hasta hace pocos años había acariciado la idea de convertirse en una escritora, una modelo, una mujer de negocios. ¿Cómo había podido conformarse con la tristeza de un escuálido trabajo en un pequeño despacho notarial? Claro está, los impuestos, el alquiler y los gastos de cada día eran una razón más que válida, pero ¿a dónde habían ido a parar sus sueños? Su hermana Magdalene nunca había deseado nada especial, pero ahora vivía en una casa inmejorable, a pocas manzanas de la torre de sus padres, con un marido fascinante a calentarle la cama y dos niños para cuidar.
¿En qué se había equivocado ella? ¿Por qué su vida no se parecía en nada a las imágenes de magnificencia que poblaban sus sueños?
Las mismas requetesobidas preguntas de siempre le taladraban la cabeza. Cogió el abrigo del perchero en el fondo de la sala de espera, ordenó los expedientes a los que el notario debería atender a la tarde, disponiendo cuidadosamente los ficheros en la mesa de mógano de su anciano jefe y bajó lenta la escalera para dirigirse a la parada del bus. Pero una vez llegada a la calle decidió que tenía muchas ganas de dar un paseo y se dirigió hacia la calle catorce. De vez en cuando se arreglaba con una mano los pechones de pelo. Un hombre le miró las piernas concupisciente, pero ella no le hizo ni caso.
El escaparate de un anticuario le llamó la atención: exponía unas muñecas de precios disparatados. No podía permitirse esos gastos, pero no tenía nada que hacer esa tarde, nadie que la esperara en el pequeño monolocal, ninguna cita a la que llegar tarde. Entró. La tienda era grande y bien iluminada, en las paredes había cuadros de sujeto bucólico, alfombras pregiadas en el suelo por dondequiera y muebles antiguos que ocupaban el resto del espacio. Empezó a dar un paseo entre la mercancía, acariciando la suavidad de los colchones, mirando los armoniosos perfiles de las librerías de madera, mirándose en los espejos enmarcados de latón. De improviso se paró casi extasiada delante de un retrato. El cuadro estaba colgado cerca de un baldaquín con respaldo en latón y hierro, el marco era sencillo, obscuro, sin grabados, y el rostro representado era el de un joven moreno, de pelo ondulado que le rozaba las espaldas, los rasgos eran delicados, la nariz pequeña y bien hecha, los ojos obscuros e intensos se parecían un poco a almendras y le daban algo de oriental, llevaba una camisa blanca de encaje, se veían las manos ahusadas y bien cuidadas que apretaban una pergamena, y sonreía, la sonrisa más dulce que Mel hubiera visto en su vida.
"Es un retrato muy antiguo, señorita", la voz detrás suyo le dió un susto.
"Se remonta a la primera mitad del siglo XIX, lo hemos comprado ayer de las manos de un privado. ¿Le interesa?"
Mel se dió la vuelta lentamente para mirar al anticuario, un hombre pequeño con bigotes de jerife que la miraba detrás de unas gafas espesas y opacas.
"Si, me interesa. ¿Quién es el hombre del retrato?"
"La verdad, no lo sé, el tío que nos lo ha vendido es un músico blues, un pelagallos. A pesar de mis intereses le confío que se ha conformado con un precio muy bajo, parecía tener mucha prisa de deshacerse del cuadro, quizás no le pertenecía" y acompañó esta expresión levantando elocuentemente las cejas, cosa que hizo sonreir un poco a Mel.
"Entonces Usted no me puede revelar la identidad de este fascinante literato".
"¿Qué es lo que le hace pensar que se trata de un literato?"
Mel señaló con el dedo la pergamena pintada en las manos del joven y el anticuario sonrió complacido.
"Tiene Usted un excelente espiritu de observación", se felicitó.
"¿Cuánto pide?"
"A ver, se lo puedo dejar por mil dólares."
Mel no tardó ni un poco.
"Le puedo firmar un cheque" dijo sacando su mejor aire de mujer de negocios.
Era el primer cheque que Mel firmase. Su cuenta bancaria llegaba a la increíble suma de mil setecientos ochenta dólares: comprar ese cuadro era una locura, pero ella lo quería, Diós sabe por qué, pero lo quería más que cualquier otra cosa.
Salió de la tienda con su precioso cargo en brazos. Llegó casi corriendo a casa, pués tenía la lastimosa sensación de que el papel que envolvía el cuadro le impidiese la respiraración al joven desconocido del retrato.
(Tonterías), pensó, (los cuadros no respiran).
Su casa estaba en el cuarto piso de un edificio antiguo, poco acojedor y mal iluminado. Encendió la luz, y el desorden que reinaba en el cuarto de estar, que le servía de despacho y de habitación, la sorprendió no poco. Desenvolvió el retrato, quitó del muro ese paisaje tropical que languidecía en el muro desde hace cuatro años, recuerdo de la luna de miel de su hermana, y colgó su nuevo cuadro. ¡Encantador!
Pero el piso ya no podía quedar en ese loco desorden: ahora tenía huéspedes, sí, huéspedes a la hora de cenar. Tardó casi tres horas para arreglar el piso y, una vez acabado, puso la mesa delante del cuadro, se sentò con un vaso de vino en la mano y observó una y otra vez el rostro del joven. Sonreía maravillosamente, y parecía que le sonriese directamente a ella: hacía mucho tiempo que un hombre non le sonreía de esa manera, demasiado.
"¿De qué queremos hablar, mi joven amigo?" le preguntó al retrato. "Empecemos por algo sencillo: ¿cómo te llamas? Por cierto, un nombre lo tendrás. A ver, eres un hombre fascinante, rico y de gran cultura, tienes los ojos velados por la melanconía, podrías llamarte Patrick, o Morris. No, quizás el nombre más justo para tí es Edgar, como Poe, mi escritor favorito. Yo también podría haberme convertido en una escritora, o una periodista, ensayé también para actriz, pero mi hado ha sido otro, y ahora me encuentro sola y aburrida en el escuálido despacho de un abogado haciendo de secretaria. La vida es rara, ¿sabes? No he conseguido realizar ninguno de mis sueños, ni tempoco encontrar a un hombre que me quisiese. Soy un verdadero fracaso. A fin de cuentas, sólo un verdadero fracaso se gastaría casi todo lo que tiene para comprar un cuadro, sólo porqué necesita de compañia."
Dos vivas lágrimas le bajaron por la cara y su flébil voz se rompió en un sollozo ruidoso y metálico. Se le ofuscó la vista por un momento y le pareció que la sonrisa de Edgar se atenuase, y que el rostro resentido se volviera hacia ella para fijarla mejor. Ella se secó repentinamente los ojos y se acercó al retrato con el corazón que le latía enloquecido.
Nada.
El joven sonreía como antes con su pergamena en las manos.
Pero...
La chica decidió que por esa noche podía irse a la cama sin tomarse la molestia de comer, y dejó sobre la mesa su plato de ensalada y su carne a la parrilla, que había cocinado poco antes.
La noche trnscurrió tranquila: por primera vez en mucho tiempo consiguió dormir y se despertó aliviada. Pero lo que vió le provocó un grito. La mesa seguía aún puesta como la noche antes, pero los cubiertos eran sucios y cruzados en el centro del plato, la carne había desaparecido y de la ensalada quedaban pocas hojas que flotaban en el aceite del plato.
"¡Diós mío!", dijo con un hilo de voz.
Instintivamente se acercó al retrato, pero, obviamente, no vió nada cambiado. "¿ Qué pasa?", le preguntó a la casa vacía, "¿soy sonámbula?". No podía caber otra explicación: se había despertado de noche y se lo había comido todo mientras estaba inconsciente. Eso lo le había pasado nunca antes, pero quizás se trataba de un episodio por el cansancio o una excesiva tensión nerviosa.
Un mirada de reojo al reloj la informó que ya estaba en retraso. Se vestió de prisa, recogió su pelo de alguna manera, se puso unas gafas de sol y llegó a la puerta. Se dió un momento la vuelta y le dijo al retrato:" Hasta la tarde".
"Que tengas un buen día, tesoro".
Gritó.
Se dió media vuelta y le vió. El hombre del retrato se había girado hacia ella y con la misma sonrisa de siempre la saludava con un ligero movimiento de la mano.
Ella cerró la puerta detrás suyo.
"Me estoy poniendo loca".
Tenía que entrar otra vez en el piso y enfrentárse a él.
No, tenía que ir corriendo a un buen psiquiatra.
No, tenía que ir a trabajar, y al volver a casa tiraría el cuadro a la basura, así ningún atrevido joven de antaño le volvería a saludar guiñando dentro de un marco de ébano.
El día se iba acabando demasiado de prisa: el reloj de la pared parecía enloquecido y las lancetas no dejaban de perseguirse, dejándola con la desconcertante verdad de su próxima vuelta a casa. A las veinte y veinte estaba petrificada delante de la puerta de su piso, con las llaves apretadas en la mano y el corazón como estrechado en un torno de acero.
Entró.
La habitación estaba iluminada por la araña encendida, pero ella recordaba haberla dejada apagada antes de salir de casa. Se fue delante del retrato y fijó a Edgar con aire perplejo e inquisidor.
"Entonces, ¿ya no tienes nada que decirme?" dijo casi gritando, y el tono histérico y agitado de su voz la puso aún más nerviosa. Edgar se giró hacia ella, alargó la mano y le acarició la cara.
Mel se desmayó.
Volvió en sí poco después y se levantó penosamente tocándose el trasero que le dolía.
"Espero que no te hayas hecho daño", comentó irónicamente el retrato.
Mel se sentó en la silla cerca de la mesa, las piernas le temblaban al unísono con las manos, y la voz parecía no tener ganas de volver a salir de sus labios.
"Soy yo" siguió el retrato, "el hombre con el que te confidabas anoche. ¿No me tendrás miedo en serio?"
El óleo del color se encrespaba en torno a los labios del joven, la imagen en movimiento era absurdamente llana, desprovista de profundidad, pero le transmitía una singular sensación de paz.
"No es posible".
"La vida regala sorpresas maravillosas".
"Tú estás vivo" acabó la frase con un sollozo.
"No, por ser exactos he muerto hace dos cientos años, día más, día menos. No soy tampoco un fantasma, si es lo que estás pensando. Digamos que soy una proyección".
"¿Qué?"
"Bueno, a ver, ¿cómo te lo explico? Mi alma está atrapada dentro del cuadro: puedo tocar los objetos que me rodean, puedo hablar, pero no puedo dejar este marco".
"Oh...ya veo, pero...creo que necesito saber algo más: ¿quién eres?"
"Edgar Allan Morrison".
"Mucho gusto, Mel Singer" se levantó y le apretó la mano que salía del cuadro, era fría y sutil. Sentí el lienzo rasposo bajo las yemas y retiró la mano llena de horror.
"Yo era un alquimista, nací en Belfast el 14 de enero de 1798 y me quemaron en la hoguera como brujo en Stratford, un pueblecito inglés, el 18 de marzo de 1828. La Santa Inquisición era ya sólo un recuerdo para el resto de Europa, pero para los celosos labriegos calvinistas el fuego seguía siendo un eficaz aliado contra los trucos del Maligno", se rió descubriendo una hilera de dientes inexistentes, en cuyo lugar se extendía un profundo agujero negro como la noche.
"S-sigue", farfulló Mel.
"En el calabozo del castillo de Stratford hice amistad con una joven mujer que me traía la comida, la convencí a robar unos cuantos objetos de mi casa: un tratado de nigromancía, un lienzo y unos colores".
"Y te hiciste un autorretrato"
"Exacto, lo hice con mi sangre y mi orina".
Mel hizo una mueca de desgusto y Edgar contestó con la usual sonrisa sin dientes.
"Después recé una antigua invocación sabbática e hice un pacto con las fuerzas obscuras".
"No creo que sigo con ganas de saber el resto, pero dudo que me lo ahorrarás".
"El pacto era que a mi muerte física mi alma se marcharía en el retrato y, como imagen, mi Yo habría sobrevivido por la eternidad sin sangre ni carne."
"No has hecho un negocio conveniente, amigo mío. No creo que la eternidad colgado de una pared sea llena de emocionantes experiencias."
"De hecho no lo es, pero puedo romper este estado inestable y volver a vivir com hombre: pero no puedo hacerlo yo sólo".
Mel encegó un cigarrillo, echó un poco de fumo de la boca doblando un poco la cabeza hacia atrás:
"No entiendo mucho de magia negra, pero creo que llegados a este punto hará falta un sacrificio humano, ¿verdad?"
"Eres perspicaz, mi hermosa Mel: necesito que sea un hombre nacido mí mismo día, tienes que llevarlo aquí para que yo pueda cebarme de él y tendrás que rezar la oración escrita en la pergamena que tengo en las manos."
"Y que tú me rezarás para que me la aprenda de memoria".
"No, no puedo decirsela a nadie. Sólo puedo decirte dónde puedes encontrarla, y una vez que la tengas en tus manos deberás decidir libremente si ayudarme o no".
"Y ¿qué ganaría yo decidiendo ayudarte?"
"Puedo realizar uno de tus deseos en cuanto sea libre, pero mi señor pretenderá algo de tí cuando tu codicia se haya apagado."
"¿Qué?"
"No lo sé"
Mel se levantó, acarició lasciva el rostro del joven y le besó en los labios de lienzo.
"Acepto, dime qué es lo que tengo que hacer".
La mañana siguiente llamó por teléfono al notario con una escusa banal acerca de su estado de salud, saludó de prisa a Edgar y se fue directa a la biblioteca de la ciutad.
El local era ancho y polvoriento, las estanterías llenas de libros y las mesas todas ordenadas paralelamente le dieron un poco de mareo. Le preguntó al bibliotecario si tenían textos de alquimía de la primera mitad del siglo XIX, y la acompañaron en otra parte de la biblioteca por un pasillo viejo y estrecho. El hombre le enseño unos libros en el estante mediano y se fue sin tampoco saludarla. Ella recorrió los títulos de los volúmenes con el dedo índice lacado de rojo, y cuando encotró el que podía serle útil lo sacó con dificultad y lo abrió encima de una mesilla aislada.
"Nigromancía y vida eterna" decía el descolorido título en la cubierta.
Empezó a buscar en el índice:
Estátua, espejo, mesa, cartas, sueños, oro, tumbas, cuadros. ¡Ahí estaba! Lo había encontrado.
Copió meticulosamente la larga cantilena en latín que encontró en el libro, escondió con cuidado la hoja de papel en su bolso y se fue corriendo de la biblioteca sin tampoco poner otra vez en su sitio el libro que había consultado.
En pocos minutos estaba de nuevo en su piso.
"Mira" le dijo jadeante al retrato.
El rostro pintado giró la cara para leer con codicia la caligrafía ordenada de Mel.
"Es ella", exultó, " ahora te queda procurarme la carne".
Mel sonrió complacida y salió otra vez.
Mentir había siempre sido un arte que le se le daba bien: delante de la ventanilla del registro civil no se había sentido ni un poco empachada en presentarse como investigadora de mercado, que necesitaba visionar los registros para seleccionar futuros clientes a quiénes enviar los opúsculos de fitness de su empresa. En principio el empleado era reluctante, pero no puso más objeciones cuando ella le pasó furtiva un billete de cien bajo el vidrio. La hizo pasar en el archivo y le cerró la puerta detrás para que nadie la molestara.
Empezó por el fichero del año 1973: Edgar había muerto a 30 años, sería guay encontrar una víctima de la misma edad. En pocos minutos encontró un tal Jonathan Livingstone, del 756 de Melbourne Street, nacido el 14 de enero.
Cogió un taxi y muy de prisa llegó a la habitación del señor Livingstone. No tenía ni idea de cómo lo iba a hacer, pero estaba segura de que lo traería a su casa dentro de la noche.
Tocó el timbre.
Jonathan era un chico atlético, alto y musculoso, con una sonrisa de anuncio comercial estampado en la cara bronceada. No iba a ser difícil ligarle.
"Hola", dijo Mel con todo su charme.
"Hola", contestó él con amabilidad, "tiene que ser mi día afortunado si la primera persona que toca mi timbre es una chica hermosa de sonrisa encantadora".
"Se lo agradezco, Usted es todo un caballero"
"¿En qué puedo ayudarla?"
"Mel" dijo dándole la mano.
"Jonathan"
"Verás, no sé cómo decírtelo, ¿podemos tutearnos?"
"Claro" contestó enérgicamente Jonathan.
"Llevo varios días pasando delante de tu casa para poderte conocer, te ví a través de las ventanas y me pareciste tan guapo, diría adorable. Sé que puede parecerte tonto, pero si no hubiera encontrado hoy el valor de llamar a tu puerta para darte al menos un apretón de mano, no me lo habría perdonado jamás."
"¡Vaya! Es la primera vez que una mujer tan guapa como tú me hace una tal declaración."
"¿Te he molestado?", preguntó apoyándole distraídamente una mano en el pecho y mordiéndose ligeramente la oña de un dedo de la otra mano.
"No, ni mucho menos. Me gustan las mujeres que tienen iniciativa. ¿Quieres acomodarte? Te invito a un café"
"Me gustaría pero, verás, es que no quisiera molestar. No sé ni si estás casado."
"No, qué va. Libre como el aire."
"Bueno, entonces acepto ese café"
Charlaron amablemente durante toda la mañana y al final, ya en la puerta antes de irse, Mel lo besó con pasión: "Te espero esta noche a mi casa. Te he dejado la dirección apuntada en uno de los billetes que cuelgan del frigorífico. No faltes, te prometo que no te arrepentirás."
Y se fue corriendo y riendo como una niña.
A las ocho y media ya estaba todo listo.
La mesa cubierta con una tela negra.
El papel con la invocación en latín apoyado en el centro del paño fúnebre.
Velas encendidas a los cuatro rincones de la mesa.
Jonathan tocó el timbre con extrema puntualidad.
Mel lo recibió entre sus brazos. Lo besó con impetu, apretándolo para hacerle sentir todo el calor de su joven cuerpo.
Lo dirigió hacia la pared y de improviso lo empujó contra el cuadro.
En principio Jonathan se quedó espantado cuando vió dos manos frías que salían del muro para cojerlo, y después un grito ahogado le abrió de par en par los labios cuando la boca de Edgar se cerró sobre su cuello arrancándole jirones de carne.
La sangre que brotaba de la carótida y de la yugular había manchado la intera superficie de la pared.
El chico intentó debatirse, pero Edgar implacable le hizo dar media vuelta y con una sonrisa empapada de plasma y sucia de pedazos de piel le miró en los ojos antes de devorarle la cara.
Jonathan coceó un par de segundos más antes de caer ya indefenso entre los brazos del alquimista, que seguía cebándose de su víctima. Mel giró la mirada al otro lado y encendió un cigarrillo. Cuando ya no se oía más el ruido de la mandíbula de Edgar, ella se dió la vuelta y vió al joven literato que tanto la había fascinado en la tienda del viejo anticuario, sentado cómodamente en el pequeño sofa cerca de la ventana.
"¡Lo has conseguido!" exultó Mel.
"Lo hemos conseguido", dijo Edgar levantándose y abrazando a su cómplice.
"Y ¿qué haremos de él?" dijo la mujer mirando el esqueleto que yacía retorcido en un rincón del suelo.
"No te preocupes, acabaré con él más tarde: aún tengo hambre."
"Y ¿qué quieres hacer en tu primera noche como ser humano?" le preguntó Mel en un oido.
"Quiero hacer el amor" le contestó Edgar riendo, y la cogió en brazos y la puso en el sofa.
"Pero antes dime cuál es tu deseo".
"Quiero ser admirada, quiero que todo el mundo me mire con asombro, quiero estar siempre en el centro de la atención.
"Y así se hará", dijo besándola.
Siete meses más tarde Edgar andaba abstraído en sus pensamiento por el pasillo del Instituto de Anatomía Humana y junto a él paseaba serio un hombre de modales refinados, elegante, bien vestido, con un rostro sutil y emacrado como la hoja de una navaja.
Un enjambre de estudiantes con camisones blancos se amontonaba en torno a una vitrina de cristal, mientras un profesor presumido les observaba de reojo, diciendo:
"Este es el famoso cuerpo momificado encontrado en ciudad hace siete meses. Como seguramente habréis leído en los muchos periódicos que han hablado de ello, el cuerpo de esta joven fue encontrado en estado de completa deshidratación tumbado en el sofa de su habitación. Los órganos están perféctamente conservados, el rostro ha quedado contraído en una mueca de estupor, como si no se esperara de morir. Por lo que sabemos, es el primer y único caso de momificación espontánea documentado por la ciencia, pués en el cuerpo de la joven no se han encontrado sustancias químicas conocidaso desconocidas.
Miradla bien, pues es un prodigio de la naturaleza y va a despertar interés y curiosidad por muchos más años todavía."
Una chica levantó la mano.
"¿Cómo se llamaba la mujer?"
"Mel Singer".
Se quedaron mirándola con asombro y maravilla.
"Habéis estado más irónico de lo usual con esa desventurada, mi señor" le dijo Edgar a su acompañante.
"No", le contestó él de manera fría, "sólo he accedido exactamente a su deseo. Son tan fútiles estos humanos."
Por Vampire