Noche sobre el mar

                                          (Daniel Alejandro Gomez)

 

Como infinitos ojos

azules o verdes, las aguas.

El mar de crespas espumas.

Y una soledad de nubes

a lo lejos, más allá

del fantasma del sol;

más allá de la blanca sombra

de la luna.

Y más allá del tiempo…

A lo lejos,

donde tu muerte no ha de morir.

 

Enorme, orgullosa y sabia soledad.

De esos valles de espuma,

y nieve verde y azul, verde y azul

hacia la negra tumba de la noche.

Un viento eterno sobre las rocas eternas;

un viento de mar de piel

atezada, de oleajes de viejo marino:

ojos de sal, manos de yodo,

caminando como una lenta estela

de mar.

Viento de cabellos verde y azul.

Verde y azul… Viento

como nieves en la espuma.

Y su lengua

invisible y remota se cubre de oro,

de orillas de piel de bronce, de arenas

que calladas huelen hacia el horizonte.

Nubes de almejas y cangrejo bravo;

los frutos de la sal, de la arena y el viento…

Del oro inútil y ceniciento de la orilla.

Se hunden los frutos

en el corazón de la roca;

se esconden

de los ojos del horizonte.

Ojos

cuyos párpados rosados cubren el mar.

Y la noche desciende, y un celo de azabache

empapa las olas fúnebres. Las olas

que no cesan de dormir y dormir,

que no cesan de recordar el verde y el azul

cuando van a morir en las orillas.